Vacaciones 2019. De Bilbao a Molinos de Duero. Capítulo 7

Hoy es un día catalogado de «total». Salíamos de Bilbao para llegar a Molinos de Duero. Pero antes, tuvimos de todo: turisteo, carreteras de aúpa, paisajes espectaculares, tristes despedidas, pitanzas espectaculares y todo finalmente regado con unos buenos gin tonics. El día comenzó temprano, salimos de Bilbao y la idea era visitar San Juan de Gaztelugatxe, primero, y después ir a Mundaka, donde nos encontraríamos con una de las mejores amigas de mi mujer, María. Allí tendría lugar la despedida de Silvia, que volvía con su amiga al aeropuerto de Bilbao rumbo a Sevilla, mientras Isa, José y yo empezábamos nuestro camino de regreso. Para ello habíamos buscado un hotel en Molinos de Duero, situado a unos 230 kilómetros de Mundaka. Eso sí, salíamos después de comer, a la tarde, y siempre por carretera nacional. Otro día de moto magnífico, y sobre todo sorprendente, porque no nos lo esperábamos.

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San Juan de Gaztelugatxe

Nuestra primera parada del día consistía en visitar este curioso enclave que fue uno de los escenarios principales de la famosa serie de TV “Juego de Tronos”, concretamente “Rocadragón”. Una vez que dejamos el hotel, ponemos rumbo a Gaztelugatxe con la idea de parar por el camino a desayunar. Avanzamos unos kilómetros y nos paramos en cualquier sitio, donde degustamos… Sí, pintxos, de nuevo. Como casi en cualquier sitio del País Vasco… Buenísimos. Concretamente como estos:

Pintxo de buena mañana

Proseguimos camino y empezamos a discurrir por carreteras nacionales para llegar a Gaztelugatxe. Se notaba en el ambiente, bueno, en el tráfico, que empezó a aumentar considerablemente. Tanto que una vez que llegamos, hicimos malabares para aparcar las motos. Una vez que aparcamos, como pudimos, nos ataviamos para evitar el calor sofocante y empezamos la caminata, cuesta abajo, hacia la iglesia. No era necesario tener entrada, tan solo te registraban para contar cuántos visitantes recibía el lugar por día.

Me consta que actualmente es necesario sacar entrada dependiendo del mes en que nos encontremos. Hace unos años allí iba poca gente. Ahora con Juego de Tronos la cosa se ha desmadrado y el público prácticamente lo ha colapsado. Un buen motivo para que nuestros políticos controlen el acceso sopesando la posibilidad de cobrar por la visita (según nos dijeron en las taquillas esta opción se estaba barajando).

Esta foto la hicimos para aprendernos, cual abecedario, la correcta pronunciación y escritura del lugar. Todavía nos atrancamos un poco, pero vamos mejorando.

Las series de HBO

Comenzamos el descenso y empezamos a ver imágenes espeluznantes. Sí, no dábamos crédito, pero realmente aquello parecía que no tenía mucha relación con la serie Juego de Tronos, sino con la de The Walking Dead.

Fans de Juego de Tronos volviendo de su visita a San Juan de Gaztelugatxe

No. No exagero. Aquello era dantesco. Las caritas del personal que visitaba la ermita eran tal que así. La cuesta que hay que subir es muy pronunciada y hacía estragos en los débiles turistas que solo querían hacerse un selfi en Rocadragón. Tuvimos incluso que dar agua y un aquarius a una señora que estaba a punto del colapso.

Nosotros, que no teníamos la forma de Heile Gebraselasie , también sufrimos lo nuestro. Aunque hemos de decir que salvamos la papeleta decentemente. Sobre todo cuando nos tomamos un refrigerio que sabía al elixir de la vida. Eso, y que nos sentamos en la cafetería donde el aire daba la vuelta, hizo que nos recuperáramos rápidamente, y las camisetas que llevábamos se secaran dignamente. Y es que, en nuestra defensa, hemos de decir que íbamos “vestidos de romano”, vamos, con los pantalones de moto, que proteger, protegen, pero te asas como un pollo cuando la temperatura sube.

En el tintero podría quedarse que nos quedamos en el primer mirador que vimos, pues la cola para bajar era tremenda, aquello estaba lejos y después había que subir. No nos extrañaba la colección de lipotimias, cuasi infartos y caras pálidas que allí había. Un hospital de esos de quita y pon, de campaña lo llaman, habría triunfado allí como los Chichos en gira.

Felices y contentos. Se notaba que solo bajábamos…
Sí, así es de pronunciada la bajada. Y la subida después también. Poner un ascensor y cobrar un eurito te haría millonario allí.

Una vez en las motos de nuevo, y con el orgullo seco por el viento, nos ponemos en marcha dirección Mundaka, donde nos esperaba María.

Mundaka

La carretera para llegar a esta localidad discurría por un bonito paraje cercano a la costa. En contraste al día anterior, donde comimos autovía como si fueran pintxos, esta carretera era preciosa, pues por un lado teníamos el Cantábrico, majestuoso, y por el otro bosque verde y montaña como si no hubiera un mañana.
Pasados unos kilómetros, llegamos al concurrido pueblo de Mundaka. Precioso es poco. Eso sí, muy turístico. Tanto que fue difícil encontrar un aparcamiento para las motos. O no. Y os explico…

Llegamos a una calle con pinta de residencial, donde el margen derecho estaba habilitado para aparcamiento de coches. Todas las plazas ocupadas, claro. Pero ya casi al final, había un lugar específico para motos, cosa que se agradecía. Cuando pasé (iba primero) divisé un hueco para mi moto (incluidas las maletas) y me lo agencié. José e Isa siguieron hacia delante para dar una vuelta más a ver si divisaban algo. Yo encontré un pequeño hueco entre la salida del parking en superficie de unos apartamentos y el primer aparcamiento habilitado para coche. Pequeño pero más que suficiente para la moto de Isa. Y allí se aparcó. Solo quedaba la BMW de José con las maletas…

La disposición de las motos en el lugar habilitado era tal que así (perdonad mi dibujo, pero con el calor sofocante, la premura de aparcar y el llegar tarde a la cita con María hicieron que el móvil se quedara en el bolsillo y no hiciera ninguna foto.
El gráfico necesita de su explicación. Todas las motos pintadas en azul estaban aparcadas en el mismo sentido, para optimizar el espacio y, así, entrar más motos. En rojo, el capullo tío listo que iba de guay y dijo, para mí todo este sitio, porque yo lo valgo.

Aparcada de esa manera el guay ocupaba el espacio de dos o tres motos.

Ante semejante imbécil mi mente despertó y propuse realizar a José, que daba vueltas y vueltas, y no encontraba aparcamiento, cierta maniobra. A través del intercomunicador le dije vente para acá que vamos a hacer una cosa. Aquí hay un sitio.

No sé si conocéis la técnica de cómo dar la vuelta a una moto con la pata de cabra. La técnica es sencilla. Se trata de volcar la moto sobre su pata de cabra para hacerla pivotar sobre ella y poder girarla. Como sé que hay algún vídeo al respecto, os lo pongo para que lo veáis. Lo que no entiendo es la parafernalia de explicación del señor youtuber, pero bueno… Ahí va.

Y dicho y hecho. Cogimos entre los dos en un periquete y giramos la moto para dejarla en el sentido correcto. He de decir que la cosa se complicó porque tenía una pinza que bloqueaba la rueda delantera. Pero nada, pan comido para nosotros. Y así pudimos aparcar correctamente la moto de José incluidas las maletas. Antes de irnos, dejé una nota al «caballero» de la moto (si no mal recuerdo era una Honda CB600 con algunos años). La nota no era ofensiva, pero sí invitaba y explicaba a aparcar mejor la próxima vez. Algo así como: “si aparcas bien entran más motos, gracias”.

Después de aparcar las motos, las nuestras y la que no era nuestra, salimos dirección al punto de encuentro con María. Una tasca fantástica, auténtica. Nada de guiris, turisteo ni similar. Aquello o sabías que estaba allí o no llegabas ni de coña. Y buenos precios. Menos mal que Google Maps nos ayudó un poco, y María esperándonos en cierta esquina, si no, allí no llegábamos.

Una vista desde el puerto. Precioso.
Otra. También preciosa.

Y llegamos al lugar de encuentro con María para degustar los pintxos. Sobre todo el de tortilla, que salía por doquier de la cocina acompañada de una fama que le venía como anillo al dedo. Muy merecida. Como dato curioso, y como cabía esperar, aquello estaba lleno de fotos históricas del Athletic. Con mención especial a don Rafael Iriondo, delantero mítico de los leones que en 1977 fue entrenador del Real Betis Balompié, ganando la primera Copa de S.M. El Rey de España, precisamente al Athletic Club en una final que pasó a la historia por ser la que más penaltis se tiraron para dirimir el vencedor. Qué bien me sentó decirle al chaval de la barra, aprovechando el pedido de una ronda más, y para que se enteraran los de la tertulia de al lado, que discutían la actualidad del Athletic y no paraban de compararla con su palmarés ya lejano:

YO: “¡Qué bueno era Rafael Iriondo! ¿Verdad?”
Camarero: “Sí, la verdad que sí”, espetó el lugareño.
YO: “Sobre todo como entrenador, ganando la Copa del Rey del 77 con el Betis…”

La cara del camarero ya no era tan amigable, pero entre el acento que llevo puesto cuando hablo, el comentario con pullita futbolística y mi cara de bromista con dos cervezas en lo alto, relajaron el ambiente.

Lo demás fue una comida magnífica regada con buenas cervezas, vinos y mejor compañía.

La despedida

Y aquí llegaba el momento de despedirse de Silvia. Se volvía con María hacia Bilbao para dejarla en el aeropuerto. Ese mismo día recogería a los peques que llevaban ya 5 días sin su mamá. Y 7 sin su papá. Todos teníamos ganas de vernos de nuevo. Y pronto.

Cuando fuimos a recoger las motos, nos encontramos con una respuesta del carajaula que aparcó como quiso. A ver… Entiendo que te moleste y sorprenda que te hemos movido la moto. Con sumo cuidado, conste. Pero que respondas de esa manera… Es lo que hizo que en este relato, desde un inicio, semejante tipejo sea llamado como corresponde: imbécil. La nota decía algo así como: “Las motos no se tocan. Búscate otro aparcamiento… (Y si no mal recuerdo, algún improperio”. Aquí queda claro que el energúmeno tenía de motero y de solidaridad motera lo mismo que yo de origen sueco.

Tras tomar un café y repostar debidamente, pusimos rumbo al hotel que habíamos reservado en Molinos de Duero. Como era costumbre, y norma, solo cogeríamos carreteras nacionales. En un principio la cosa comenzó aburrida, pasando varios pueblos con todo el retraso que ello conlleva. Sin embargo, la cosa empezó a animarse y a retorcerse, con mención especial a un poco de disfrute a modo de curveo sano. Nada de correr, pero sí disfrutar de una buena carretera, un bonito paisaje y unas curvas, no aterciopeladas, pero sí de un gusto exquisito.

En uno de los tramos, nos encontramos con el típico tapón que produce algún camión cuando ha de subir pendientes. Y allí nos encontrábamos las tres motos por este orden detrás del camión: José, Marcos e Isa, que cerraba el grupo. Tras Isa se encontraba un BMW “modelo MadMax”, porque aquello estaba hecho de retales: el capó de un color, la puerta de otro… Eso sí, con el escape tunning y seguramente con alguna repro en el motor, porque aquello sonaba a coche de rally.

Y esta era el cuadro que se había pintado: las motos deseando que apareciera ese carril salvador a la derecha para que el camión se apartara y dejara ir a aquellos que vamos a lo que marca la vía. Y no a lo que el camión podía. Una vez que se echó al lado, damos gas los tres para salir y continuar por el carril izquierdo y sobrepasar al camión. Una vez que lo hacemos las tres motos, a Isa el BMW lo adelanta de forma brusca, como pidiendo paso.

Nosotros, que vamos con los intercomunicadores, nos dimos cuenta en seguida tras decir Isa: “vaya el capullo este cómo me ha adelantado”. Yo, que encima había visto por el espejo la maniobra, lo corroboré. Ante tal hecho, José y un servidor nos pusimos a disfrutar de la carretera de curvas sin tener ninguna intención de que “el pavo” nos pasara. Lo intentó, pero se comió lo que se comió panete. Con alegres curvas y un ritmo no muy elevado, pero sí alegre y tumbando “como está mandao”, nos deshicimos de semejante personaje, que tuvo que desistir de adelantarnos. Como premio, el chaval se llevó un pequeño zasca en su orgullo y volvió a comer camión, pues José, un servidor e Isa pudimos zafarnos de otro trailer, mientras el BMW se quedaba contemplativo leyendo un cartel que ponía SCANIA con una matrícula blanca y otra roja.

Si fuéramos aviones de combate sin duda alguna habríamos puesto en la escafandra de nuestro aeronave una nueva señal por haber conseguido derribar al enemigo. A lo Memphis Belle…

Continuamos bajando por una carretera que nos sorprendió antes de llegar a Vitoria-Gasteiz. Pasamos la ciudad casi bordeándola, en alerta por algunos radares estratégicos colocados en vías rápidas pero limitadas a 50. Pero es por nuestra seguridad, conste.

La sorpresa

Saliendo de Vitoria nos encontramos algunos kilómetros bastante aburridos, donde el único aliciente eran los crecientes viñedos que nos íbamos encontrando en nuestro camino. Y claro, es que nos íbamos acercando poco a poco a La Rioja, tierra de vinos. Aunque no habíamos cambiado de Comunidad autónoma, se notaba la influencia del divino caldo.

Más adelante, cuando pasamos la localidad de Peñacerrada, la carretera empieza a retorcerse tornándose muy divertida, y a los pocos kilómetros, el paisaje cambia, así como la temperatura, pues refresca, y nos encontramos con una bajada de montaña espectacular. A medida que íbamos haciendo poesía con la carretera de curvas divisábamos un valle precioso a nuestra derecha, mientras manteníamos una gran pared de piedra a la izquierda. Precioso. Y sobre todo sorpresivo. No lo esperábamos. Os dejo una captura de Google Maps:

Un paisaje precioso…

Continuamos ya acercándonos a Logroño por la A-2124 que se convierte en la N-232a. Pasado Logroño, al que no podemos evitar cruzarlo por circunvalación, pasamos de nuevo un tramo ciertamente aburrido, donde en una recta interminable decidimos parar a tomar una coca cola en un auténtico antro de carretera.

Pero todo cambió cuando la N-111 empieza a revirarse por Panzares, Torrecilla en Cameros, Pradillo… Y llegamos al sorprendente Parque Nacional Sierra de Cebollera. Y me costó aprenderme el nombre, ya que la cercanía con Cebolleta y el chiste eran difícilmente obviadas por mi cerebro. Durante el ascenso la carretera se tornó en una auténtica delicia para las motos trail, pero para la Kawa de Isa eran un suplicio. Después de una charla intensa sobre la conveniencia de vender la naked y hacerse con una trail, la cosa mejoró. Tanto en el firme como en las curvas. Y es que estábamos entrando en una estación de esquí, o al menos eso parecía, pues los remontes estaban allí. Este Parque Nacional nos encantó, regalándonos unas estampas preciosas. Y lo que es mejor, una bonita carretera para nosotros solos.

Ya se hacía de noche, empezaba a caer la luz, aunque ya estábamos cerca de Molinos de Duero. Antes de acabar el Parque Nacional, divisamos varios campings que tenían una pinta increíble. Una pena porque desde Sevilla no nos da para un fin de semana.

Molinos de Duero

Y por fin llegamos a este pequeño pueblo. Allí hacíamos alojamiento para continuar nuestro periplo de regreso. El hotel, que también era restaurante, estaba situado en una gran plaza empedrada. Precioso.

Detalle de la fachada del hotel. Así estaba toda la plaza.

Una vez duchados, instalados, pasamos a cenar. No sabíamos qué pedir hasta que vimos a una pareja que se estaba comiendo una hamburguesa con una pintaza espectacular. Los tres pedimos una. Alucinantes. Increíble que en un pequeño pueblo, en un lugar recóndito te encuentres estas cosas.
Justo antes de que nos pusieran las hamburguesas, empezó a llover, por lo que nos trasladamos dentro del restaurante.

El colofón vino cuando nos dimos cuenta que había una pequeña terraza chill-out en el hotel. Y justo al lado de nuestras habitaciones. Como podéis imaginar, sí, dimos cuenta de unos buenos gin-tonics que supieron a gloria. Como colofón a la jornada, y ante el asombro de los ciudadanos de aquella villa, no podía faltar un “El Despeloteeeee” que resonó en la plaza empedrada como si estuviera llamando al rezo.

Asombrados, los que por allí pululaban se preguntaban: ¿qué les pasa a esta gente? Pero allí estábamos, más felices que una perdiz, con un día de moto fantástico, unos paisajes espectaculares y una carretera que fue una auténtica delicia. La pena fue no compartirlo con Silvia, pero los peques mandan. En un par de días ya estaríamos todos juntos otra vez.

Los Gin-Tonics… Y de fondo José buscando dónde íbamos a dormir al día siguiente…
Foto panorámica de la plaza. Amplía para verla al completo.

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