Vacaciones 2019. De Sevilla a Ciudad Rodrigo. Capítulo 1

Y llegó el día “D” y hora “Z” o zulú. El pasado 1 de agosto comenzó nuestra aventura y primera salida vacacional del recién instaurado Motofamily. A las 7:30 quedamos en la rotonda del Alamillo para evitar las calores de estas fechas. Yo llegué unos minutos tarde, que junto al café inicial hicieron que saliéramos con algo de retraso. Sin embargo, esto posibilitó que me encontrara a mi amigo Juan y su flamante BMW R1200GS. El lugar es frecuentado por moteros sevillanos para iniciar rutas por la provincia, y la casualidad quiso que nos encontráramos justo allí ese mismo día. Hacía unas jornadas que Juan volvió de su viaje por los Picos de Europa, por lo que nos dió información importante acerca del desfiladero de los Beyos, que estaba cerrado según noticias nuestras, pero que él pudo recorrer. Las casualidades existen, y si son para algo bueno, mejor.

Iniciamos los primeros kilómetros sin más contratiempos. Evidentemente por carretera nacional, la N630 que une Sevilla con Gijón, la “ruta de la plata”, un recorrido magnífico para motos y bicicletas, pues el desdoblamiento de esta con la creación de la autovía A-66 evita tener que cruzarte con camiones o coches en exceso. Una delicia de trazado que en algunas zonas es muy divertido, y en otras no tanto. De todas formas, viajar en moto es prácticamente evitar autopistas, son aburridas, tediosas a más no poder.

La primera parada la realizamos en un clásico de la zona, la Venta del Alto, donde pudimos degustar un magnífico desayuno con jamón de Huelva y, ya de paso, saludar a la familia.

Durante el viaje estuvimos dando muchas vueltas a cómo conectar los intercomunicadores que teníamos, unos magníficos M1-S. Es muy fácil conectar 3 de ellos, pero 4 se convirtió en una odisea que finalmente conseguimos. En otra entrada os explicaré cómo.

Aquí se nos ve conectando los intercomunicadores mientras desayunábamos, aunque no necesariamente a la vez.

Proseguimos la ruta ya conectados y charlando entre los tres. De las cosas más recurrentes solíamos decir cuántos kilómetros llevábamos y cuánto nos quedaba para llegar o para parar en alguna gasolinera, pues la kawa de Isa tenía menos depósito que la Triumph y la BMW. En este caso, hemos de destacar el comentario gracioso de la jornada protagonizado por Isa:

– ¡Chicos! ¡Tengo en mi pantalla tres ceros que no se mueven!

– ¿Cómo que no se mueven? ¿Has tocado algún menú?– dije.

– No– dijo Isa.

–Luego lo miramos al repostar, que queda poco– comentó José.

Una vez que llegamos a la gasolinera en Mérida nos dimos cuenta que lo que Isa veía en su display era digno de ser incluido en cierta categoría de chistes, pues “los tres ceros” que Isa veía era la simplificación de “Odómetro”, o sea: ODO.

Proseguimos la ruta por un tramo aburrido, que solo se vio sorprendido por el calor que estaba haciendo y el avistamiento de un castillo bastante peculiar. Tan peculiar que después de aparcar, bajarnos de las motos, quitarnos casco, chaquetas, guantes, coger la cámara, beber agua… Estaba cerrado. Sí, sí, cerrado al público. Vamos, que no era un lugar de visita ni nada parecido. Nuestro gozo en un pozo.

Después de ese tramo aburrido, la carretera se puso mejor. Bueno, sublime. Pasamos por el embalse de José María Oriol con unas curvas y un firme envidiables. Y así llegamos a la hora de comer a Cañaveral. Tuvimos un par de opciones para el avituallamiento, y acertamos de pleno. Igual encontrarnos una VFR bajo una sombrilla ayudó a la elección. Sí, es un reclamo para los moteros, pero es que la imagen habla por sí sola.

Una vez dentro, el dueño nos enseñó su colección de motos en miniatura y no paró de comentarnos que él también era motero. Mención especial para el gazpacho fresquito, que se llevó la medalla de oro del día gastronómico.

Antes, mientras descargábamos algunas cosillas, nos topamos con un personaje que por lo visto es conocido en el lugar. «El loco de Cañaveral», como así lo conocen, pasó por nuestro lado soltando improperios a toda velocidad. Un prodigio de la naturaleza que le permitía hablar y respirar a la vez. Bueno, y el ritmo de marcha atlética que llevaba, digna de, al menos, diploma olímpico. Se recorrió toda la calle en tiempo de podium diciendo algo así como:

“MecagoenvuestraputamadreCabronesQuevenisamolestarOsvoyaponerfrentealjuezYseosvaAcaerelpeloPandadetunantesMecagoentodosVosotrosQuevoyaLlamarAlaGuardiaCivilAsquerosos…”

Con la barriga llena, y el calor que hizo acto de presencia, retomamos dirección hacia Ciudad Rodrigo.

Por el camino empezamos a dejar las rectas aburridas de las mesetas y nos adentramos en puertos de montaña con carreteras y paisajes preciosos. Algunos de ellos estaban repletos de coches y merenderos para pasar una jornada espléndida entre naturaleza y… el bar, claro, que no puede faltar en la ecuación para que el día se catalogue como estupendo.

Una vez en Ciudad Rodrigo nos merecíamos una buena ducha y un breve descanso. Cosa que hicimos, por supuesto. Una vez repuestos salimos a conocer la ciudad, e hicimos algún alto en el camino para degustar algún dulce para merendar. Ya caída la noche, y después de dar muchas vueltas buscando un sitio para cenar recomendado por Google Maps que finalmente no existía, nos decidimos por un restaurante muy pintón en la plaza del pueblo. Y es que allí hicimos lo que nunca habíamos hecho anteriormente ni juntos ni por separado. Le preguntamos al camarero si podíamos tomar unas tapas, que es lo que íbamos buscando, ya que los dulces aún seguían en nuestro paladar. El tío avispado, nos dijo: ¿para cenar, no? A lo que contestamos que sí, claro.

Para qué íbamos a querer unas tapas…

La cuestión es que cuando nos sentamos y nos dieron las cartas, vimos que allí solo servían raciones, y si ya os he comentado la ubicación del restaurante, ya os imagináis el precio de cada una. Prohibitivo.

Y así se gestó nuestra primera vez. La primera vez que nos íbamos de un restaurante cuando ya estábamos sentados para pedir.

Eso sí, lo hicimos con una agilidad pasmosa, pues nos desperdigamos gracias a las otras mesas de los veladores adjuntos, aprovechando para separarnos y evitar algún sermón o reprimenda del camarero. Vamos, que nos largamos cada uno por su lado y silbando, para disimular. Esta acción digna de equipos preparados para el escaqueo profesional nos quitó cualquier atisbo de vergüenza.

Y dimos a parar por fin a un lugar donde ponían tapas. Después de regar alguna de estas con cerveza, nos fuimos de vuelta al hotel.

El día siguiente fue duro, pues tenía que hacer un gran tirón por autovía para recoger a mi chica en el aeropuerto de Santiago.

Una paliza, pero es que estaba deseando verla y que se uniera al grupo.

Aquí algunas fotos de la tarde-noche en Ciudad Rodrigo.

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Comments

  1. La ruta promete, a pesar de que está primera etapa es la más aburrida en cuanto a carretera. Muy bueno el ODO…!!!

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